Todas las pelotas se dirigen a distintas direcciones, se chocan muy seguido, a pesar de que el espacio es extenso. La mayoría rueda a gran velocidad. Son demasiadas y tienen distintos tamaños. A veces se fusionan entre sí, otras se rompen al chocar.
Colorean la base sobre la que se trasladan, los colores son 22. La pelota roja da vueltas en un mismo lugar hasta que la amarilla la golpea. La base sobre la que ruedan a veces es negra y a veces blanca.
Miro desde arriba, la mezcla de colores, los distintos recorridos, los círculos, las líneas, las explosiones y las pelotas solitarias. En la base, esta vez negra, veo que se forman dibujos. Algunos se esfuman rápidamente, otros parecen permanentes y otros se quedan un tiempo para después desaparecer de a poco.
Cierro los ojos pensando que quizás así, el movimiento de las circunferencias frene al menos un instante, nunca sucede. El círculo rojo retoma su recorrido circular, el amor da la primera vuelta y vuelve a empezar. Hará lo mismo hasta que otra vez, la realidad, con su color amarillo limón lo vuelva a chocar.
Pienso con colores y redondeles que no saben para donde ir dentro de un espacio infinito. El redondel rojo sigue girando en círculos. No hay límite de equivocaciones, no hay cantidad de veces para pasar por el mismo lugar, no hay tiempo definido para que la realidad aparezca. El movimiento es desesperante, la velocidad no se reduce y sólo hay una forma de que esto se termine, la pelota plateada. Decido no hacerlo, quizás cuando tenga más colores, pueda realizar al fin, mi obra maestra.
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