domingo, 28 de noviembre de 2010

Pacífico Caos

Mientras su cuerpo se deterioraba, su mente cada vez tenía colores más brillantes. Era como si todas sus ideas recorrieran su interior a gran velocidad y en el momento de salir, chocaran contra una muralla.
La llave estaba en sus manos, la agarró, la miró, la sintió y la guardó en el bolsillo. No se animaba a usarla a pesar de que el deseo de abrir la jaula era intenso. Teniendo el poder en sus manos, prefería agarrarse de los barrotes y empezar a zamarrear sus brazos interpretando a una persona desesperada por encontrar la salida. Era víctima de su propia cobardía.
Sentada en el rincón más oscuro de la jaula, miraba los distintos escenarios pasar. Cuando se ponía de pie, estiraba las manos hacia el exterior y sentía calor, viento, frío, agua, miedo, fuego, todo y nada. Esas sensaciones le daban placer, pero eran sólo momentos. El miedo minimizaba algo que podía durar una eternidad, una idea estaba siendo acorralada.
Metió la mano en el bolsillo y agarró la llave una vez más. Sin pensarlo demasiado, abrió la celda y sacó un pie afuera, sintió una profunda libertad.
Rápidamente volvió adentro, cerró la jaula y se sentó en el rincón del desperdicio eternamente. Era víctima de su propia cobardía, una idea había sido acorralada.